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Encapuchados

por | Jun 1, 2025 | Opinión | 0 Comentarios

Estamos cansados de las afectaciones que nos generan los encapuchados en Colombia. No dan la cara, afectan la movilidad de las personas, de los trabajadores, dañan y destruyen bienes públicos y privados, con el agravante de que ni siquiera dan la cara. Esos pasamontañas que usan, además de arropar al terrorismo, son símbolo de ilegalidad, de impunidad, de desfachatez. Ese objeto, despreciable por demás, esconde cobardía, insensatez, camufla delitos, abraza injusticias y apoya el caos.

 

Los ciudadanos del común, cansados del comportamiento de estos facinerosos, hemos empezado a actuar y tomar justicia por propia mano; no es lo ideal, pero es absolutamente comprensible. La gente ha encarado a estos personajes siniestros, literalmente los ha desenmascarado y los ha increpado con valor y fortaleza. Reacciones como esta eran impensables hace años, incluso meses, pero el cansancio, la sensación de injusticia y de impotencia frente a un Estado complaciente con este tipo de comportamientos, además de los recuerdos del mal llamado estallido social -que no fue más que terrorismo en su más básica expresión-, nos llenaron la copa y en consecuencia, nos han permitido tomar acción como sociedad.

 

Vemos encapuchados destruyendo vitrinas del comercio, cajeros automáticos, los vemos vandalizando las universidades públicas, obstruyendo el paso del transporte -público también-, cerrando carreteras para que ambulancias no puedan llegar con los pacientes a los hospitales, los vemos grafiteando paredes, derribando monumentos, saqueando establecimientos, los vemos generando zozobra, incertidumbre y desolación. Estamos cansados de ellos, de sus malas maneras, de sus discursos de odio, de que afecten la vida de la gente buena que madruga a estudiar y a trabajar, que, precisamente, hace lo que ellos no quieren: esforzarse. Viven en la clandestinidad, huyen por callejones y caminos como lo que son, como delincuentes que, prestos a destrozar aquello que a otros permite surgir y crecer, proceden a afectar lo que nos pertenece a todos, aquello que con mucho trabajo hemos construido como nación.

 

Sin duda estamos comprometidos con lo social. El ser de derecha y de ideas conservadoras en algunos temas y neoliberales en otros, no nos aleja del deseo auténtico de generar oportunidades para el avance social. La repartición más equitativa de la riqueza es sin duda un principio a defender, que es viable y sin duda lograble, principio para el que debemos unirnos y así cerrar brechas y generar valor en comunidades que lo necesitan. Prueba de lo anterior es que nunca hubo una mayor movilidad social en Colombia, de los estratos 2 y 3 hacia la clase media, que cuando la exitosa política de la Seguridad Democrática permitió la creación de condiciones socioeconómicas que aumentaron la inversión extranjera y por ende la creación de empleo mejor remunerado; la economía crecía de la mano de una tributación que abría puertas para que el Estado facilitara mejoras en la calidad de vida de los ciudadanos. Hoy el recaudo es inferior gracias a Petro y a lo que representa.

Es incomprensible que este gobierno invite a la gente a tomarse las calles, con el único objetivo de poner en marcha una campaña presidencial que, por culpa propia, ya ven perdida. Las condiciones laborales de los trabajadores colombianos, los altos índices de informalidad a los que hemos llegado en estos 3 años de pesadilla, no son la preocupación de Petro y de sus secuaces. Los audios del señor Racero son testimonio de eso. La gente no les importa, sólo quieren generar desazón y angustia, para imponer su ideología retrógrada que sólo permite enriquecerse a quienes gobiernan. Bien lo dijo el senador Paulino Riascos del Pacto Histórico: la izquierda desaprovechó la oportunidad de mejorar a Colombia y por eso, no volverán a tener esa “palomita.”

 

La gente, cada que se aglutina, no importa si por un partido de fútbol o la FILBO, corea sin cesar ese ¡fuera Petro!, que ensordece y desahoga a una sociedad cansada de esta izquierda a la que Colombia le quedó grande. ¡No al paro, fuera Petro!

Jorge Avila Urrea

Jorge Avila Urrea

Jorge Eduardo Ávila es abogado de la Universidad Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario de Bogotá, tiene una Especialización en Educación y una Maestría en dirección de Centros Educativos (Universidad de Villanueva, España). Ha sido Rector del Gimnasio del Norte de Valledupar y actualmente profesor de la Universidad de la Sabana.

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