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Nuestro Senador

por | Ago 11, 2025 | Opinión | 1 Comentario

Recuerdo el instante en que nos conocimos. Fue en enero de 2022, a través de una pantalla de Zoom que, pese a la distancia, parecía cargada de expectativa. Nadie sabía quién eras realmente, de dónde venías ni qué sueños de país habitaban en tu mente. Te presentaste con voz firme, agradeciendo nuestra decisión de acompañarte en tu cruzada electoral. Se notaba en ti una energía viva, un entusiasmo que parecía desbordar los límites de aquella reunión virtual. Nosotros, aún tímidos, nos dejamos envolver poco a poco por esa efusión que irradiabas. Nos hablaste de tu plan, de tus banderas, de ese propósito que te impulsaba a seguir, y de la urgencia de que los jóvenes nos hiciéramos presentes en la política colombiana. Pronunciaste palabras sobre la innovación, reconocimiento y legitimidad juvenil, sobre la responsabilidad de tomar las riendas del país y ese papel inevitable de la juventud en su destino. Con el pecho abierto, compartiste la experiencia de oportunidades pasadas y la visión de un porvenir mejor para Colombia. Aquella reunión, que comenzó con cautela y algo de escepticismo, terminó dejándonos unidos en torno a tú causa. Salimos de ahí siendo un grupo de jóvenes tocados por el reflejo de tu espíritu, con la certeza de haber respaldado a alguien transparente, entusiasta y dispuesto a ser la voz de nuestras dolencias y anhelos. Hoy, cuando repaso ese momento en mi memoria, entiendo que no podía ser de otra forma (…) estaba escrito que dijéramos que sí.

 

El tiempo y la campaña transformaron nuestra relación en una amistad genuina, tejida entre días de esfuerzo y esperanza. Aún puedo evocar las jornadas de volantes, los banderazos que pintaban las esquinas de los semáforos, y los murales que, por un instante, parecían iluminar Bogotá entera. Recuerdo el bullicio en la sede de campaña, las manos pidiendo más volantes, más manillas, más afiches (…) como si en cada uno de ellos se pudiera sembrar un poco del cariño que la gente empezaba a sentir por ti. También vienen a mi memoria las largas reuniones junto a tu equipo -sobretodo con Ximena y Edwin- en las que, entre discusiones y risas discretas, imaginábamos y calculábamos el posible desenlace electoral. Eran momentos compartidos sin darnos cuenta de lo mucho que nos unían.

 

Siempre creímos en que lograrías tú objetivo. En cada paso, nuestro convencimiento se sobrepuso a la adversidad y a la incertidumbre. Quienes hicimos parte de ese proyecto y tuvimos la fortuna de conocerte sabíamos que nuestro apoyo no sería en vano. No era un respaldo comprado ni condicionado -porque jamás diste lugar a ello, tú transparencia era incuestionable- sino un apoyo sincero, leal, nacido de la convicción de que esta causa era más grande que cualquiera de nosotros. Una causa distinta, virtuosa, y orientada hacia lo esencial: los jóvenes, su voz y su lugar en el futuro de Colombia.

 

El momento de tu elección permanece grabado en mi memoria como una fotografía imborrable. La alegría con la que te recibimos se mezclaba con el vértigo de cada nuevo boletín, una marea de nerviosismo que nos envolvía a todos: frenética, contagiosa, casi insoportable. La tensión de aquellas horas es difícil de describir, pero más difícil aún es poner en palabras la sensación que nos invadió a todos cuando supimos que lo habías logrado. Recuerdo tu voz por la emoción, la alegría sincera en tus gestos, el brillo de tus ojos al saber que ese objetivo que nos habías confiado en enero se había hecho realidad.

 

La euforia era un lenguaje común entre quienes estábamos allí: teníamos un senador, sí, pero no uno más. Era un senador distinto, con vocación de servicio, con la fuerza de quien no olvida sus raíces. Y más allá del triunfo político, lo que me conmovía profundamente era ver a ese joven -hijo de la violencia- erigirse como un portavoz de la regeneración política que nuestro país tanto necesitaba (…) y que, aún hoy, sigue reclamando.

 

Así pasó el tiempo. Nos fuimos alejando, como suele ocurrir en la naturaleza cambiante de la política, pero nunca se apagó en mí la certeza de aquel tarjetón, de esa equis marcada con convicción, de ese número y ese nombre: Miguel Uribe. No te guardo en la memoria por tu paso en el Senado, sino por la manera en que nos acogiste en tu camino, por cómo nos diste una voz cuando carecíamos de ella, por la forma en que tocaste nuestros corazones y nos recordaste que ser joven no es sinónimo de inexperiencia, sino de potencial, de fuerza, de excelencia. Porque nos enseñaste que de nosotros no se espera menos que lo mejor.

 

Tu huella, Miguel, es difícil de describir. Nos dejas un legado profundo, y seremos nosotros, los jóvenes, quienes tomemos las banderas que defendiste, con plena conciencia del peso y la responsabilidad que ello implica. No busco alargar estas palabras con halagos, porque alabar y exaltar es fácil; lo que hoy hago es recordar, y recordar es distinto. Recordar es volver a sentir, es revivir lo que nos marcó, es guardar en el alma aquello que, aunque el tiempo pase, no se desvanece.

 

En nuestros corazones quedará marcado tu legado, Miguel. Ahora puedes descansar. Ya no habrá para ti el peso de la incertidumbre ni el filo del dolor; has cruzado el límite de este país que tantas veces te dolió, ese país marcado por la injusticia, la violencia y un odio que no parece tener fin. Aquí nos quedamos quienes sentimos tú mano y tú voz, quienes vimos en ti un faro en medio de la tormenta. Pero hoy ese faro se ha apagado. Y, con la rabia en el pecho y la impotencia quemándose por dentro, solo queda llamar las cosas por lo que son: país de mierda. Nos arrebataron a Miguel. Nos arrebataron sus banderas. Nos arrebataron a nuestro senador (…) y con él, se fue un pedazo que intentaba salvarnos de la oscuridad. Hoy, en este país roto, solo nos queda aprender a vivir con la herida abierta (…) pero no podrán arrebatarnos la memoria ni la causa por la que luchó.

Thomas Vargas

Thomas Vargas

Estudiante de Derecho - Universidad de Los Andes

1 Comentario

  1. Bonito homenaje a través de las palabras.

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