En un momento en que el tablero geopolítico global se mueve hacia una desescalada entre potencias, y cuando Estados Unidos y China muestran avances inéditos en sus relaciones comerciales, el presidente Gustavo Petro decide viajar a Beijing como si Colombia necesitara alinearse con un nuevo patrón ideológico, no con sus intereses estratégicos. El resultado no es solo una torpeza diplomática: es una señal preocupante del rumbo que está tomando su gobierno.
La visita no tiene un propósito claro ni resultados tangibles. Es, más bien, un acto simbólico de acercamiento político a un régimen autoritario que ha sabido usar su poder económico como herramienta de expansión ideológica. Mientras otras naciones buscan equilibrios, Petro parece querer jugar en el tablero global como ficha de un solo bloque: el de la influencia china en América Latina.
Y ahí radica el verdadero peligro. Porque permitir que China extienda su alcance económico, tecnológico y político en Colombia no es solo una cuestión comercial. Es abrir la puerta a una nueva forma de injerencia disfrazada de inversión. Es permitir que un modelo de control estatal, represión política y partido único tenga eco e influencia dentro de nuestras fronteras, justo cuando el gobierno colombiano ya muestra signos preocupantes de intolerancia institucional, de izquierda radical totalitaria e irrespeto por los contrapesos democráticos.
En lugar de consolidar a Colombia como una potencia regional equilibrada, Petro le estaría entregando terreno simbólico y estratégico a una potencia que ha sabido usar puertos, infraestructura, telecomunicaciones y deuda como herramientas de penetración y espionaje. Y lo hace en un contexto en el que su propio gobierno ha sido cuestionado por su cercanía con movimientos radicales de toda índole y por su constante discurso polarizador lleno de simbología bolivariana que hace remembranza a los tiempos de Chávez.
Hoy, más que nunca, la política exterior colombiana no puede ser un instrumento al servicio de una agenda ideológica interna. No puede servir para fortalecer a una izquierda que coquetea con el autoritarismo bajo el disfraz del progresismo. Petro, con este viaje, no solo muestra una desconexión con la realidad geopolítica; también deja ver hasta qué punto está dispuesto a sacrificar soberanía y prudencia diplomática por alimentar su narrativa de lucha contra “el imperio”.
Colombia necesita relaciones internacionales estratégicas, no simbólicas. Necesita aliados que fortalezcan la democracia, no que la debiliten con tentaciones autoritarias. Petro ha preferido lo contrario y está a punto de abrir la Caja de Pandora!


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