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Un ejemplo de superación dialéctica en la política criolla

por | Mar 29, 2026 | Opinión | 0 Comentarios

En política casi nada desaparece de verdad. Lo habitual no es la erradicación sino el desplazamiento. Los discursos no suelen morir de un día para otro, más bien dejan de ordenar el campo entero, pierden protagonismo, son absorbidos parcialmente por otros lenguajes y sobreviven como referencia, como residuo o como adversario simbólico. A eso se parece, en términos filosóficos, la superación dialéctica.

Conviene explicarlo bien, porque es un concepto que suele deformarse. Superar dialécticamente algo no es borrarlo del mapa. Tampoco significa que nadie vuelva a nombrarlo. Significa más bien que una fuerza histórica deja de ser el principio central que organiza la discusión pública, aunque siga presente dentro del nuevo escenario. Lo superado no se evapora sino que permanece, pero ya no manda como antes.

Ese concepto sirve, y mucho, para entender lo que pasó con el uribismo entre las elecciones de 2018, 2022 y el ciclo electoral que transcurre en este 2026.

En 2018 el uribismo todavía ocupaba el centro del campo político. La elección entre Iván Duque y Gustavo Petro fue leída, en lo esencial, a través de los ejes que el propio uribismo había logrado instalar durante años: seguridad, autoridad, acuerdo de paz, impunidad, miedo al “castrochavismo” y fantasma de Venezuela. Duque expresó precisamente la consolidación del uribismo como una derecha dura, en gran parte movilizada contra el acuerdo con las FARC y alimentada por el temor a un giro venezolano si Petro llegaba al poder. El Centro democrático ganó la segunda vuelta con 54,03% frente a 41,77% de Petro.

Ese dato no importa solo por el resultado electoral. Importa porque muestra cuál era la estructura del debate. En 2018, incluso los adversarios del uribismo hablaban en un terreno todavía fijado por él. El uribismo no era simplemente una corriente de derecha más, era una línea editorial política dominante. Organizar la discusión pública significaba, en buena medida, organizarla alrededor de sus preguntas.

En 2022 ese dominio empezó a romperse. Petro ganó la presidencia con 50,44% frente a 47,31% de Rodolfo Hernández, según los resultados oficiales. Pero lo decisivo no fue solo que perdiera la derecha. Lo decisivo fue que el uribismo dejó de ser el único centro de gravedad del antagonismo. Yo resumo aquella primera vuelta como la vez en que Colombia votó “contra el establecimiento” y le cerró la puerta a la tradición política marcada por Álvaro Uribe. A la vez, varios análisis advirtieron que Rodolfo Hernández no representaba simplemente una prolongación del uribismo, sino una nueva derecha antipolítica, más personalista, más outsider y menos orgánica que ya sabemos en que quedó (en nada).

Ahí ocurrió el primer desplazamiento de fondo. El uribismo siguió existiendo, pero dejó de monopolizar la forma de la derecha. Ya no toda la oposición a Petro, ni toda la reacción contra el progresismo podían leerse exclusivamente en clave uribista. Y del otro lado ocurrió algo aún más importante, esto es que el progresismo dejó de definirse sólo como antiuribismo.

La fórmula Petro-Francia Márquez amplió el repertorio discursivo de la izquierda colombiana. A los viejos ejes de paz y democratización añadió otros aglutinadores: como la desigualdad, la dignidad, la inclusión, la raza, el género, el territorio, el ambiente, los animales y la justicia social. Varios análisis sobre la campaña de Francia Márquez son claros en que su irrupción convirtió en tema central una articulación entre raza, género y clase que antes no ocupaba un lugar semejante en el centro de la política nacional.

Eso es exactamente una superación dialéctica ya que el viejo adversario no desaparece, pero deja de ser suficiente para ordenar por sí solo la totalidad del conflicto. Sigue ahí, pero ya no alcanza.

El ciclo electoral de 2026 confirma este diagnóstico. En marzo de 2026 Colombia no ha celebrado todavía la primera vuelta presidencial ya que esta será el 31 de mayo, y la segunda, si la hay (que es lo que creo), el 21 de junio. Lo que puede analizarse, entonces, no es un resultado cerrado, sino el campo discursivo de la campaña. ¿Y qué muestra este campo? Muestra que el uribismo sigue vivo, pero ya no estructura por sí solo la conversación nacional. En lo corrido del 2026, varios medios de comunicación han reportado que pese al deterioro de la seguridad y a varios escándalos políticos, el debate electoral estaba dominado por la economía, no por la seguridad. Salario mínimo, déficit fiscal, impuestos y empleo se habían vuelto temas centrales. Incluso la oposición debía discutir dentro de un terreno parcialmente corrido hacia problemas sociales y distributivos.

Ese desplazamiento importa muchísimo. Durante años, el uribismo había sido fuerte porque logró imponer la pregunta principal: orden o caos, seguridad o amenaza. En 2026 ya no puede decidir solo cuál es la pregunta. Tiene que competir con otros marcos como el costo de vida, protección social, redistribución, desigualdad territorial, representación de periferias, diversidad, inclusión y crisis de representación. Eso significa pérdida de centralidad, que es justamente lo que aquí se quiere demostrar.

La propia derecha ofrece pruebas de esa mutación. Paloma Valencia, figura inequívocamente uribista, ganó la consulta de su sector; sin embargo, una de las noticias más recordadas de su campaña fue la decisión de llevar como fórmula vicepresidencial a Juan Daniel Oviedo, en una apuesta explícita por ampliar su electorado y hablar también en nombre de la diversidad. No es un detalle menor. Cuando una tradición política tiene que incorporar parcialmente el lenguaje de temas que antes no definían su identidad, eso indica que el terreno simbólico y discursivo ya cambió.

Ahora bien, la tesis debe formularse sin exageraciones. Decir que el uribismo fue superado dialécticamente no significa decir que dejó de ser relevante. Tampoco significa que hablar de Uribe en redes sociales pruebe que sigue siendo el centro del sistema. Eso confundiría presencia con primacía. Una fuerza puede ser muy comentada y, sin embargo, ya no ser el eje que organiza la vida política. Lo decisivo no es si se la nombra mucho, sino si todavía obliga a todos los demás a definirse principalmente en relación con ella.

Ese fue el caso en 2018. Ya no lo será del mismo modo en 2026.

Por eso cierro con esta formulación que me ayudará a explicarle a quien me pregunte a futuro que quiero decir con eso de la superación dialéctica del uribismo: el uribismo no fue eliminado, sino desplazado. Permanece como actor, memoria, tradición partidaria y repertorio retórico. Pero dejó de ser el significante dominante de la política colombiana. Hoy el progresismo puede articular demandas más amplias que el simple antiuribismo, y la derecha misma aparece fragmentada entre uribistas, nuevas derechas (Salvación Nacional) y sectores de centro menos progresistas. El uribismo sigue ahí, claro, pero ya no ocupa el centro desde el cual todos los demás debían hablar como en épocas pasadas.

Posdata 1: Esta superación dialéctica del uribismo debería obligar a la derecha a una reflexión menos autocomplaciente. Porque lo que está en juego no es sólo la erosión de una marca política, sino la incapacidad de seguir leyendo el país con un libreto que durante años creyó eterno. Y eso explica también, al menos en parte, el ascenso de figuras como Abelardo y la elección de senadores y representantes de Salvación Nacional. Ellos no son un simple “aire fresco” de lo mismo, sino como síntoma de una derecha que, al perder su viejo centro de gravedad, se dispersa, muta y busca nuevos vehículos para expresar malestares que el uribismo ya no consigue contener ni representar por sí solo.

Posdata 2: Y sí, muchos todavía siguen y seguirán explicando todo desde el uribismo y el antiuribismo, pero tengan presente que no caer en lugares comunes es la única cortesía que la inteligencia le debe a la verdad.

Sergio Andrés Torres Alvarado

Sergio Andrés Torres Alvarado

Sergio Andrés Torres Alvarado. Abogado Especialista en Defensa de Derechos Humanos | Consultor en Seguridad Privada | Estudioso autodidacta de la filosofía, integrando el pensamiento crítico y la reflexión ética tanto en el ejercicio profesional del derecho como en el análisis de la realidad social.

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