Hay una escena que se repite todos los días, en todas las tertulias después de unos tragos y en muchas conversaciones de redes sociales… alguien que jura no creer en nada trascendente defiende a un político con la furia de un mártir, con la lealtad de un hijo y con la ceguera de un enamorado. No lo ha visto comer, no sabe cómo trata a su esposa, no conoce su intimidad ni sus contradicciones nocturnas, pero lo defiende como se defiende a un padre o a un hijo. Ese gesto, que parece trivial, es en realidad uno de los actos más religiosos que existen. Y quien lo protagoniza, casi siempre, es alguien que se enorgullece de no tener fe.
Søren Kierkegaard, en Temor y temblor, no habla de la fe como una simple opinión piadosa ni como un cuento de consuelo para las almas débiles. Habla de un salto. Abraham sube al monte con Isaac, dispuesto a sacrificar lo único que ama, sin garantías, sin pruebas, sin que la ética universal pueda justificarlo. No hay silogismo que lo respalde. Hay solo una entrega absoluta, un movimiento hacia lo absurdo que ninguna razón puede completar por él. Kierkegaard llama a esto la suspensión teleológica de lo ético, o sea, ese momento en que el individuo se juega todo, contra la evidencia, contra la costumbre, contra la multitud, apostando su existencia entera a algo que no puede demostrar. Eso, y no una simple credulidad, es la fe.
Pues bien, ese salto se repite todos los días en la plaza pública, solo que con otro nombre. El ciudadano que defiende a su candidato como si fuera de su propia sangre, que le perdona lo que jamás perdonaría a un vecino, que reescribe la realidad para que su ídolo político siga siendo impecable, ha dado el mismo salto que Abraham, solo que con un altar más barato. No conoce a ese político. No sabe qué piensa realmente, ni qué firma en privado, ni qué acuerdos sella lejos de las cámaras. Y sin embargo lo defiende con una pasión que ninguna evidencia sostiene del todo. Eso no es uso de la razón, eso es fe. Fe sin nombre, fe avergonzada de sí misma, pero fe al fin.
Aquí es donde el ateo, con toda su seguridad ilustrada, suele objetar algo serio, y hay que dársela en su mejor versión, porque merece respuesta a la altura. Me dirá que “Usted confunde confianza con fe. Yo no creo en mi candidato como usted cree en la resurrección; yo confío en él porque leí su programa, revisé su trayectoria, comparé sus resultados con los de otros y, si me falla, retiro mi apoyo mañana mismo. Mi confianza es provisional, revisable, sometida a evidencia; la fe religiosa, en cambio, exige creer contra la evidencia, incluso contra la razón. No es lo mismo apostar por un candidato con datos en la mano que apostar la eternidad a un texto de hace dos mil años sin una sola prueba empírica”. Esta objeción, dicha así, con esa elegancia, es la mejor defensa posible del ateísmo político y merece ser tomada en serio.
Y sin embargo, se derrumba apenas se la examina con el mismo rigor que exige. Porque si algo demuestra la psicología política, la sociología electoral y la simple observación de cualquier plaza pública, es que esa confianza «revisable» casi nunca se revisa. Cuando el candidato falla, cuando miente, cuando se contradice, el devoto no retira su apoyo, por el contrario reinterpreta los hechos. Inventa explicaciones. Culpa a los medios, a la conspiración, al enemigo externo. Es exactamente el mecanismo que Kierkegaard describe en la fe, es cuando la realidad objetiva deja de ser el criterio, y el criterio pasa a ser la entrega subjetiva del creyente. El votante fanático no está haciendo examen de evidencia, está haciendo teología política. Suspende su propio juicio ético (justifica la corrupción, el abuso, la mentira) en nombre de una lealtad que ya no puede fundamentar racionalmente. Eso, precisamente eso, es la suspensión teleológica de lo ético que Kierkegaard atribuye a Abraham. La diferencia no está en la estructura del acto, que es idéntica, sino en el objeto: unos se lo juegan por Dios, otros por un tipo que sale en un afiche de campaña. Y hay que decirlo sin miedo, apostar la conciencia entera a un ídolo de barro no es más racional que apostarla a Cristo resucitado; es, en rigor, mucho menos digno, porque al menos el creyente sabe que está creyendo, mientras el fanático político cree que está razonando.
Y ahí está el núcleo de este arroz con mango, ya que el ateo típico no tiene, en el fondo, ningún problema con la fe. Tiene fe todos los días, en su equipo de fútbol, en su ideología, en su tribu digital, en su prócer de escritorio. Su verdadero problema es que desconoce qué es la fe, y por desconocerla, cree que la suya (la que practica sin nombrarla) es superior éticamente, moralmente e intelectualmente a la de quien, como yo, confiesa abiertamente su fe en Jesucristo. Es una soberbia curiosa que se basa en despreciar en otro, con nombre y bandera, exactamente lo que uno mismo practica a diario sin etiqueta. Y esa ignorancia no es inocente. No le interesa entender la fe porque entenderla lo obligaría a mirar su propio altar secreto, y el ateo prefiere seguir creyendo que solo cree quien reza.
Pero si esto ya es doloroso de constatar en el ateo, resulta lamentable cuando ocurre en quien comparte conmigo la fe cristiana. Porque la verdadera tragedia de esta historia no es el ateo que no sabe que cree, sino que por el contrario, es el cristiano que sí sabe, que ha confesado a Cristo, que ha dicho creer en la resurrección y en el Evangelio, y que sin embargo, a la hora de la verdad, retira ese mismo salto de fe que le dio a Jesús para dárselo, íntegro, a un político de carne y hueso al que tampoco conoce. Ese cristiano no ha dejado de tener fe: simplemente ha cambiado de dios. Ha sustituido al Nazareno por el caudillo viral de turno, y defiende a este último con la misma furia con la que debería defender el Sermón de la Montaña, solo que ahora sin ninguna exigencia ética, porque el ídolo político no pide conversión, solo pide disciplina partidista y lealtad acrítica. Ese cristiano se ha vuelto, en la práctica, un ateo con crucifijo al cuello ya que ha hecho exactamente lo que le reprocha al increyente, con el agravante de que él sí sabía lo que era la fe, y decidió malgastarla.
No escribo esto para humillar a nadie, sino para desagradar a todos por igual, empezando por mí mismo cada vez que mi fe intenta distraerse en ídolos menores. La fe no es el problema de la humanidad; la humanidad no puede vivir sin ella, crea o no crea en Dios. El problema es no saber en qué se está creyendo, y peor aún, no querer saberlo. Quien se burla de la fe ajena suele estar arrodillado ante un altar que no sabe reconocer como tal, y esa es la ironía más lamentable de nuestro tiempo, que deja en evidencia que ya no hay increyentes o descreyentes, solo idólatras que cambiaron de líder espiritual y de religión.
Y conste que el político es apenas el altar más visible, el más ruidoso, el que se disputa las plazas y los noticieros, pero no es el único templo del creyente que jura no rezar. Hay quien deposita esa misma fe ciega en el autor de cabecera, al que cita como si fuera infalible y defiende como si dudar de él fuera blasfemia; hay quien se la entrega entera al académico de turno, cuyo diploma reemplaza cualquier argumento y cuya sola autoridad basta para cerrar o admitir el debate; y hay quien la deposita, con una devoción todavía más pura, en la teoría conspirativa, ese evangelio que no necesita pruebas porque precisamente la ausencia misma de pruebas se interpreta como confirmación. Cada uno de esos altares merece su propia reflexión, su propia columna que examine esa fe que se niega a sí misma mientras se practica con fervor de catecismo. Porque el ser humano, se lo confiese o no, no ha dejado de arrodillarse: solo ha ido cambiando de sacerdote.
Sepan que el que se ríe de mi fe en Cristo para arrodillarse ante un político no ha superado la religión… apenas ha cambiado de ídolo, y el suyo, con el tiempo, se arrugará.
Y es que el que jura no creer en nada siempre termina creyendo en cualquiera. Eso sí, tengan presente que Cristo nunca le pidió el voto a nadie, y lo que sí hizo fue morir por todos, incluso por quienes descreen de Él.
Nota especial para “el conservador”: Al que se le olvida esa diferencia (tener fe en un político y tener fe en Cristo) el conservadurismo ya no le sirve de nada. Quien equipara al voto con la cruz no es de derecha, es un progresista disfrazado de patriota y solo se salvará de su pendejez si cierra la boca, abre la Escritura y ora en secreto pidiendo que Dios le revele lo que el partido político al que está afiliado nunca podrá enseñarle.
Se es conservador a pesar de los políticos, no por los políticos. Grábense eso para que siempre lo tengan presente.


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