Seamos honestos: el tablero de juego cambió y los «dueños de la verdad» todavía no se han dado por enterados. Lo que estamos viendo con Abelardo De La Espriella no es un ataque gratuito a la prensa, sino una bofetada de realidad a un sistema que se acostumbró a poner y quitar reyes desde sus redacciones de mármol.
Al igual que pasó con Donald Trump en su momento, Abelardo ha identificado al verdadero rival de esta contienda: los medios tradicionales. Esos mismos que hoy se rasgan las vestiduras, pero que durante décadas han operado más como oficinas de relaciones públicas de sus dueños que como puentes de información ciudadana.
No es odio, es hastío. La gente se cansó de la manipulación selectiva. Aquí te dejo tres razones por las que la postura del «offsider» es, hoy más que nunca, necesaria:
•Durante años, nos vendieron objetividad mientras protegían intereses económicos y políticos. De La Espriella solo está diciendo en voz alta lo que el ciudadano de a pie murmura en la calle: que muchos de estos medios son, en la práctica, enemigos de la transparencia popular.
• Antes, si no salías en el noticiero de las siete, no existías. Hoy, un «live» desde un celular tiene más impacto, honestidad y audiencia que un set de televisión acartonado. Abelardo entendió que el contacto directo con la gente es más poderoso que cualquier entrevista editada a conveniencia.
•Las plataformas digitales han roto el filtro de la censura elegante. Ya no necesitamos que un editor nos diga qué pensar; ahora podemos ver la fuente original, sin cortes y sin sesgos de redacción.
Cuando un candidato tilda a ciertos sectores de la prensa de «corruptos», los medios responden hablando de «libertad de expresión». Pero seamos claros; la libertad de expresión es de todos, no solo de los que tienen una antena.
El ataque furibundo de los medios tradicionales contra figuras como De La Espriella es, en el fondo, un grito de supervivencia. Saben que si el candidato logra bypassearlos y conectar directamente con el votante a través de sus propios espacios, el negocio de la influencia se les acaba.
«Hoy la noticia no se espera, se vive. Y para eso no hace falta un carnet de periodista comprado, sino una conexión real con la realidad del país.»
El respaldo a Abelardo en este frente no es un cheque en blanco, es un respaldo a la soberanía de la información. Estamos en una era donde la verticalidad murió. Si los medios tradicionales quieren ser relevantes, tendrán que dejar de ser «vigilantes del poder ajeno» para empezar a revisar su propia ética.
Mientras tanto, el mensaje está claro: el pueblo ya no necesita traductores. Con plataformas en vivo y comunicación directa, el intermediario ha quedado, oficialmente, fuera de juego.


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