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¿Elegiremos al próximo presidente o lo hará un algoritmo?

por | May 30, 2026 | Opinión | 0 Comentarios

Durante las últimas semanas he observado con creciente interés un fenómeno que hace apenas unos años habría parecido ciencia ficción.

Millones de personas alrededor del mundo están comenzando a formular preguntas políticas directamente a sistemas de inteligencia artificial. Algunos lo hacen en X utilizando Grok. Otros recurren a ChatGPT, Gemini, Claude o Meta AI desde Facebook, Instagram y WhatsApp. La escena se repite una y otra vez:

“¿Quién sería el mejor presidente?”

“¿Cuál candidato tiene las mejores propuestas?”

“¿Por quién debería votar?”

Lo que hasta hace poco se discutía en la mesa familiar, en una cafetería, en una universidad o frente a un televisor, ahora se plantea directamente a una máquina.

Y fue entonces cuando me hice una pregunta que considero mucho más importante que cualquier respuesta generada por estos sistemas:

¿Estamos entrando en una época en la que las inteligencias artificiales comenzarán a influir en las decisiones políticas de millones de personas?

No se trata de una teoría conspirativa ni de una crítica a una empresa en particular. Por el contrario, utilizo con frecuencia herramientas de inteligencia artificial y reconozco el enorme potencial que tienen para ayudarnos a aprender, investigar, comparar información y resolver problemas complejos.

La cuestión es otra.

Durante siglos, los seres humanos hemos buscado orientación para tomar decisiones importantes. Consultábamos a nuestros padres, maestros, sacerdotes, amigos, líderes comunitarios, periodistas o expertos. Más adelante aparecieron la radio, la televisión e Internet. Luego llegaron las redes sociales.

Ahora estamos asistiendo al nacimiento de una nueva figura de influencia: el asistente digital inteligente.

La diferencia es que este nuevo interlocutor posee características que ninguna fuente de información había tenido antes. Está disponible las veinticuatro horas del día, puede responder prácticamente cualquier pregunta en segundos, tiene acceso a enormes cantidades de información y es capaz de adaptar sus respuestas a cada usuario de manera individual.

Eso cambia las reglas del juego.

Lo verdaderamente novedoso no es la existencia de una inteligencia artificial específica. La novedad es que, por primera vez en la historia, varias plataformas tecnológicas compiten simultáneamente por convertirse en la principal fuente de consulta de cientos de millones de personas.

Y precisamente por eso surgen preguntas que merecen una profunda reflexión.

Cuando una persona le pregunta a una inteligencia artificial cuál es el mejor teléfono celular, qué hotel elegir para sus vacaciones o qué libro leer durante el fin de semana, las consecuencias de una respuesta equivocada suelen ser limitadas.

Pero cuando la pregunta es por quién votar para gobernar una ciudad o una nación, el asunto adquiere una dimensión completamente diferente.

Muchas personas perciben las respuestas generadas por inteligencia artificial como si fueran completamente objetivas, neutrales y científicas. Después de todo, una máquina no tiene emociones, no pertenece formalmente a un partido político y no participa en campañas electorales.

Sin embargo, la realidad es más compleja.

Toda inteligencia artificial ha sido entrenada con información producida por seres humanos. Debe seleccionar datos, resumir hechos, organizar argumentos y establecer comparaciones.

El riesgo, por lo tanto, no radica únicamente en la existencia de posibles sesgos. El verdadero riesgo está en la autoridad que millones de personas podrían comenzar a otorgarles a estas herramientas.

Es allí donde la discusión adquiere una dimensión mucho más amplia.

De hecho, esta preocupación ya ha trascendido los círculos tecnológicos y académicos. Uno de los ejemplos más significativos es la reciente encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV, el primer gran documento doctrinal de su pontificado.

León XIV no rechaza la tecnología. Por el contrario, reconoce su enorme potencial para educar, sanar, conectar personas y mejorar la calidad de vida. Sin embargo, advierte que la humanidad se encuentra ante una decisión trascendental: utilizar estas herramientas para fortalecer la dignidad humana o permitir que terminen condicionando aspectos fundamentales de nuestra libertad.

No estamos hablando solamente de tecnología. Estamos hablando de democracia, de libertad individual y de la manera en que las sociedades toman decisiones colectivas.

Quizás el mayor desafío de nuestra época no sea desarrollar inteligencias artificiales más poderosas. Tal vez el verdadero desafío sea preservar la capacidad humana de pensar críticamente.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a comprender mejor el mundo. Lo que no debería reemplazar es nuestra responsabilidad de pensar.

Tal vez por eso resulta tan pertinente la advertencia de León XIV cuando insiste en que la tecnología debe permanecer al servicio de la persona humana y no al contrario.

La pregunta ya no es si la inteligencia artificial transformará la política. Esa transformación ya comenzó.

La verdadera pregunta es cuánto poder estaremos dispuestos a entregarle.

Y quizás una pregunta aún más importante sea esta:

¿Cuando llegue el momento de elegir el futuro de nuestras sociedades, seguiremos tomando las decisiones nosotros o comenzaremos a pedirles a los algoritmos que las tomen por nosotros?

Luis Felipe Arango

Luis Felipe Arango

Luis Felipe Arango Pardo es Master en Administración de Salud (MHA) de la Universidad del Sur de California en Los Ángeles, California y Abogado de la Pontificia Universidad Javeriana en Bogotá, Colombia, y es candidato a Máster en Derecho de Seguros en la misma Universidad.

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