Evangelio, (del griego euangelion), significa «buena noticia”. Hoy el evangelio según san Lucas capítulo 24, versículos 13 al 35 nos presenta aquel día en que ocurrió el milagro más grande de la historia: la resurrección de Jesús.
En esta versión iban caminando dos discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, lo crucial en esta historia es lo que hacían aquellos discípulos: conversaban y discutían. ¿Sobre qué era su platica? No lo sabemos, lo cual abre paso a la infinita sabiduría de Dios porque esa discusión queda abierta a todos los temas que podamos nosotros, como sus hijos, estar viviendo en este momento. Por ejemplo, una terrible tormenta económica que no te deja tener un sueño tranquilo, aquella enfermedad que llena de padecimientos al enfermo y a toda su familia, o ese sin sabor en una relación amorosa que te quita la felicidad, entre tantas cosas que nos agobian cada día.
Es así como el evangelio plantea una conversación y discusión que nos permite reflexionar personalmente. Ahora bien, la narración tiene la tristeza de no reconocer a Jesús, nuestro Dios y Padre todopoderoso; así como los discípulos de Emaús, lo triste no es el problema por el que estamos atravesando, lo realmente desolador es que Jesús va caminando a nuestro lado preguntando por nuestra historia y nosotros no lo escuchamos. ¿Te has dado cuenta que Jesús está ahora mismo a tu lado y tú no lo escuchas?
No te aflijas, muchas personas no logran escuchar a Dios y hoy te traigo lo que, según mi opinión, no te deja escucharlo: tus expectativas. Así como los discípulos manifiestan textualmente “esperábamos que Él sería el libertador”, nosotros estamos esperando que Dios actúe de cierta forma, como queremos, como pensamos que sería lo mejor, entonces se nos hace complicado, y algunas veces imposible, escuchar lo que Jesús nos dice.
Si me permitieras darte un consejo, sería el borrar de tu mente las expectativas que tienes de tu vida y el cómo esperas que transcurran los acontecimientos próximos. Permite que las nuevas soluciones las dibuje Dios en tu corazón. Para ello: cierra tus ojos y respira profundo, dale paz a tu mente y sobre todo ten paciencia.
Los discípulos estaban llenos de tristeza porque ya habían pasado tres días y Jesús no resucitaba. Habían olvidado que prometió que resucitaría al tercer día, el mismo día en que iba caminando con ellos, el mismo día en que cumplía la promesa que les había hecho.
Será que tú y yo ¿no le hemos dado el tiempo suficiente a Dios para que suceda aquel milagro o favor que esperamos? Quizás la respuesta no es que a Dios le falte tiempo, es que no hemos creído las promesas que nos ha hecho en el Evangelio, por eso nos afanamos y nos afligimos al ver que no sucede hoy lo que queremos ver, cuando Jesús hace rato nos había prometido «tres días” para volver.
Ahora bien, no esperemos a que Jesús regrese y nos diga “insensatos y duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas”. Mejor aceptemos su invitación a la Eucaristía, Su palabra y la Comunión son testimonio de grandes milagros y sobre todo de tener una vida en bendición.
Ese signo simple, pero visible de partir el pan, aunque engaña nuestros sentidos respecto de lo que vemos, tocamos y gustamos, nos recuerda que Jesús viene a nosotros a través de algo que ya conocemos, no es magia, es el medio que Dios ha elegido para también comunicarse con nosotros. Porque así es Jesús, no se jacta de su saber, se hace tan pequeño solo por encontrar la mejor forma de hablarnos. Por eso poco importa si hasta el día de hoy no estamos enterados de lo que pasa en nuestra vida con Dios, basta con pensar en los detalles que encontraremos esta nueva semana con la intención de Reconocerlo, con ojos llenos de sobrenaturalidad y no de rutina y pasatiempo. Porque así es Jesús, mi Dios, tan humilde que se hace grande al esconderse en lo sencillo de la vida.


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