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Hijos de la Constitución del 91

por | Mar 11, 2026 | Opinión | 0 Comentarios

Éramos adolescentes cuando el país se miró al espejo después de décadas de violencia política, exclusión, clientelismo y una institucionalidad incapaz de representar su diversidad. Mientras nosotros pasábamos del lápiz al bolígrafo, Colombia pasaba del Estado centralista y confesional a un Estado social de derecho, pluralista, participativo y descentralizado. Nuestra educación sentimental como ciudadanos coincidió con el nacimiento de una nueva promesa de país.

Quienes teníamos entre diez y dieciséis años en 1991 crecimos al mismo tiempo que esa promesa. No éramos constituyentes, pero sí su primera generación socializada. Mientras aprendíamos a ubicarnos en el mundo —en el colegio, en la calle, en la conversación pública— el país aprendía a nombrarse de otra manera: diverso, multicultural, descentralizado, garantista. Sin darnos cuenta, incorporamos como normal lo que en realidad era profundamente nuevo en la historia colombiana.

Antes del 91, Colombia era otra también en lo cotidiano. La diversidad étnica era invisible en el lenguaje oficial, las regiones existían más como periferias administrativas que como sujetos políticos, y los derechos ciudadanos eran frágiles frente al poder. La Constitución no eliminó de inmediato esas realidades, pero sí cambió la dirección del país. Introdujo una idea decisiva: que la dignidad humana debía ser el centro del orden institucional y que el ciudadano podía exigirle al Estado, no solo obedecerlo.

Por eso nuestra generación creció oyendo palabras que hoy parecen obvias pero que entonces eran revolucionarias y asustaban a los más conservadores: derechos fundamentales, acción de tutela, participación ciudadana, pluralismo, autonomía territorial. Ese vocabulario se volvió parte del aire cívico que respiramos. Y lo que uno aprende como normal en la adolescencia termina definiendo lo que considera aceptable o inaceptable en la adultez.

Hoy, más de tres décadas después, ese clima cultural muestra fisuras. No porque la Constitución haya perdido vigencia formal, sino porque empiezan a reaparecer prácticas y discursos que creíamos superados: centralismos renovados, desconfianza hacia la diversidad, relativización de derechos, tentaciones autoritarias, desprecio por lo público. Señales que, vistas desde la memoria histórica, remiten a un país que la generación anterior quiso dejar atrás.

Ahí radica la responsabilidad particular de los hijos de la Constitución del 91. No fuimos quienes la escribieron, pero sí quienes crecimos creyendo en su promesa. Naturalizamos la idea de que Colombia podía ser plural sin fracturarse, diversa sin desintegrarse, participativa sin perder orden. Para nosotros, la dignidad como principio no fue una conquista teórica, sino un punto de partida cultural.

Hoy esa generación está en posiciones de influencia real: en la universidad, en la empresa, en el Estado, en los medios, en la escuela, en la familia. Somos el puente entre la promesa constitucional y las generaciones que nacieron después de ella. Y todo puente tiene una función: sostener continuidad. Si esa continuidad se rompe, no será solo por decisiones políticas, sino porque quienes debíamos custodiar el espíritu del pacto dejamos de apropiarlo.

Ser hijos de la Constitución del 91 no es una etiqueta nostálgica y mucho menos una idea romántica y placentera. Es una conciencia histórica. Significa recordar que Colombia decidió alguna vez ampliarse, reconocerse y pluralizarse. Significa defender el Estado social de derecho no como consigna jurídica, sino como experiencia vivida. Significa transmitir a quienes no conocieron el país anterior que hubo razones profundas para cambiarlo.

Porque toda sociedad corre el riesgo de olvidar por qué creó sus instituciones. Y cuando olvida las razones de sus pactos fundacionales, empieza lentamente a deshacerlos.

Nosotros vimos nacer ese pacto. Crecimos dentro de él. Y ahora nos corresponde algo igual de decisivo: impedir que el país olvide por qué lo necesitó.

Somos, nos guste o no, los hijos de la Constitución del 91.

Y las promesas que heredamos también nos obligan.

¿Tú qué crees?

Gerardo Angulo

Gerardo Angulo

Ingeniero Industrial, Magister y Doctor en Innovación y desarrollo tecnológico. En la actualidad se dedica a la docencia e investigación en Educación en Ingeniería, Innovación e Inteligencia Artificial

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