El problema era que lo tenía todo.
Mucho antes de cerrar mis redes sociales durante casi dos años, ya había caído en depresión.
Y lo más difícil no era sentirme rota. Lo más difícil era escuchar a todas las personas a mi alrededor intentando arreglarme.
¿Se han fijado que antes de preguntar por la solución los seres humanos tendemos a darla?, en mi caso siempre aparecía alguien con una explicación a mi estado de ánimo, sin saber —o quizá sin entender— que yo ya había sido diagnosticada con depresión y ansiedad; es así que la gente decía:
te falta Dios,
te falta rezar,
te falta hacer ejercicio,
te falta salir,
te falta conseguir novio,
te falta disciplina,
te falta pensar positivo.
Te falta.
Te falta.
Te falta.
El problema era que yo lo tenía todo: familia, amigos, profesión, dinero, gimnasio, creía en Dios y asistía regularmente a misa y grupos de oración.
Y aun así, había mañanas en las que despertaba sintiendo que algo dentro de mí no quería seguir viviendo. No era tristeza todo el tiempo. A veces era peor: era vacío. No le encontraba sentido a cosas que parecían emocionar tanto a los demás. Incluso aquello que alguna vez yo misma había deseado empezaba a sentirse inútil.
Fui al psicólogo. Después me remitieron al psiquiatra. El psicólogo me ayudaba a entender mi historia, mis emociones y mis pensamientos. El psiquiatra, en cambio, trataba clínicamente aquello que ya estaba afectando mi mente y mi cuerpo de una manera más profunda, tomaba pastas para que me dieran energía y pastas para controlar esa energía.
Me ayudaron. Sí me ayudaron. Y ahora sé que fueron parte de la ayuda que Dios me estaba dando, estaban dentro de Su plan, por eso nunca me negué a hacer lo que los médicos me indicaban.
Sin embargo, había algo que seguía intacto. Algo que no podía definir con mil palabras ni tampoco con una, no era solo depresión lo que tenía.
Entonces apareció un amigo, que sin duda es el ángel que Dios me mandó a la tierra, invitándome a un grupo de oración el viernes a las 7pm. Muy juiciosa fui, aunque sin esperar demasiado. Y poco a poco empecé a perseverar en esa vida espiritual: cada viernes volvía al grupo de oración y más adelante renové mi Consagración a Jesús por medio de María.
Me mantenía mejor, me encontraba más estable medicamente, por supuesto menos triste.
Pero sentirme mejor no significa estar bien. Todavía persistía dentro de mí una especie de ruido que nunca se iba del todo. Y no, no era que escuchara voces ni algo parecido. Era simplemente la sensación constante de no lograr sentirme plenamente viva, incluso en los momentos en que se suponía que debía ser feliz.
Volviendo a la historia, cuando las cosas parecían mejorar, mi “ángel” desapareció. O al menos eso sentí en ese momento: me sacó el cuerpo como jamás lo había hecho.
Por insistencia de mi mamá, y también por consejo de ese amigo que ya se estaba alejando, terminé entrando a un taller de oración llamado El Taller de San José. Duraba nueve meses y terminaba con un retiro espiritual.
Yo pensé que iba a asistir a otro retiro más.
No tenía idea de que estaba a punto de entrar en una experiencia que iba a desmontar por completo mi manera de entender la realidad.


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