La semana pasada les conté cómo, aun teniendo una vida que parecía suficiente, terminé enfrentándome a una depresión que nada lograba aliviar del todo. En medio de esa búsqueda llegué al Taller de San José e inicié un camino de oración. Asistí al retiro espiritual de ese taller sin imaginar lo que iba a vivir.
Con el tiempo he entendido que muchas veces los seres humanos nos aferramos desordenadamente a cosas buenas: personas, sueños, heridas, recuerdos, incluso formas de amar. Y sin darnos cuenta, aquello que amamos termina ocupando lugares dentro de nosotros que solo le corresponden a Dios.
Yo tenía muchos apegos así. Uno de ellos era mi familia.
Amaba profundamente a mi familia, pero después de la muerte de mi hermano menor ese amor empezó a mezclarse con un dolor que yo no sabía cómo entregar. Había aprendido a seguir funcionando, a seguir viviendo, incluso a seguir rezando. Pero aceptar su ausencia era otra cosa.
El retiro transcurrió con varias actividades y momentos de oración que me ayudaron muchísimo. Y al final de uno de esos ejercicios, mientras hacía una entrega total de mi vida a Dios, entendí que también tenía que entregarle a mi hermano.
Ese día todos estábamos de pie, orando en silencio.
Pasaron varios minutos.
Yo no entendía qué estaba ocurriendo, pero los misioneros parecían esperar algo más. Finalmente llamaron al director del retiro.
Cuando se acercó estaba sonriendo. Me preguntó si ya había entregado aquello que necesitaba entregar y le respondí que sí. Entonces guardó silencio unos segundos y me dijo:
—Pero… ¿se lo entregó con amor?
Nunca olvidaré la manera en que dijo esa frase.
No sonó como un regaño, ni como una corrección. Había una dulzura muy extraña en su voz.
Y cuando levanté la mirada sentí algo que todavía hoy, tres años después, me cuesta explicar: vi en sus ojos la mirada de Jesucristo.
Sé que puede sonar extraño. Solo puedo decir que sentí una ternura imposible de describir.
Entonces empecé a negar con la cabeza.
Porque entendí que sí había entregado muchas cosas a Dios, pero no con amor.
Las había entregado desde el cansancio.
Desde el miedo.
Desde la tristeza.
Incluso desde la desesperación de querer sentirme mejor.
Pero no desde el amor.
Hoy entiendo que en esa época todavía intentaba controlar todo desde la razón. Decía las oraciones correctas, asistía a los lugares correctos y hacía todo lo que se suponía que debía hacer. Pero había algo dentro de mí que permanecía cerrado.
El misionero me dijo:
—Volvamos a hacerlo.
Y empecé otra vez.
Repetí cada entrega.
Cada renuncia.
Cada oración.
Y entonces mencioné algo pequeño, algo que parecía insignificante, pero que por alguna razón nunca antes había querido soltar realmente. Y apenas lo dije, mi cuerpo dejó de responderme.
Sé que la palabra “desmayo” puede hacer pensar en algo físico, pero esto fue diferente.
Yo escuchaba todo.
Escuchaba las oraciones alrededor mío, escuchaba mi llanto, escuchaba las voces rezando. Pero no podía abrir los ojos, no podía sostener mi cuerpo, no podía controlar lo que estaba pasando.
Y empecé a llorar. No como alguien que está simplemente triste, lloraba como si una herida que llevaba años escondida dentro de mí hubiera sido abierta por completo.
Los misioneros rezaban alrededor:
“Dios te salve María…”
No sé cuánto tiempo pasó.
Segundos quizá.
O minutos.
Hasta que desde un lugar muy profundo dentro de mí salió un grito. Uno tan fuerte que todavía hoy me cuesta creer que hubiera salido de mi propia voz. Y mientras gritaba sentía algo imposible de explicar: dolor y alivio al mismo tiempo. Como si algo contenido durante años finalmente estuviera saliendo de mi pecho.
Entonces escuché que quienes estaban alrededor empezaron a rezar más fuerte:
“Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum…”
Estaban rezando el Ave María en latín.
Y entonces el grito cesó.
Después vino una risa que no sentí como mía.
Y por primera vez en mucho tiempo, sentí verdadero miedo.


0 comentarios