Solemos decir que «nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde», refiriéndonos a personas, empleos o momentos. Sin embargo, entre todo lo que has dejado ir, es muy probable que no te hayas dado cuenta de la pérdida más grande: te has perdido a ti mismo.
Y no me refiero a cómo cambiaste después de una relación, un trabajo o una mudanza. Hablo de notar que lo que haces hoy quizás no es lo que soñabas, o de que, aun sintiéndote cómodo, todavía no has hallado aquello para lo cual fuiste diseñado.
Básicamente, estamos y estaremos a la deriva hasta que no hallemos el fin por el cual fuimos creados. ¿Habías pensado en esto? ¿Cuál es ese propósito?
A veces confundimos la vocación con la profesión o el rol que desempeñamos. Adoptamos metas ajenas simplemente porque eran más fáciles, seguras o nos daban la aprobación social, sin reparar en que los demás se dejaron llevar por su entorno o por el camino menos doloroso. Entonces nos llenamos de éxito por fuera, pero por dentro mantenemos un sinsabor.
Y aunque el «¿quién soy?» es una gran pregunta que puede responderse de muchas formas, la única respuesta verdadera es la que Dios entrega al corazón. Él habla de manera clara y contundente, pero para escucharlo es imprescindible abrir el alma.
Abrir el corazón no es solo estar dispuesto a escuchar; es reconocer que el motivo por el que fuiste creado te brinda una plenitud que ni las dificultades podrán borrar u ocultar. A esto se le llama paz: la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento porque proviene del interior y jamás de lo externo. Por eso las apariencias de felicidad pueden convivir con la tristeza, pues se quedan en la superficie.
Hoy me gustaría preguntarte: ¿qué tendría que pasar para que te atrevas a mirar hacia adentro sin miedo y escuchar el susurro de tu propósito?
El primer paso es cuestionártelo, apagar el piloto automático para entender la razón de lo que haces. Pero ten en cuenta algo: si los motivos que encuentras no trascienden o se limitan a lo finito, aún no has encontrado tu razón de ser.


10 de 10!