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Yo buscaba respuestas, Dios quería otra cosa

por | Jun 3, 2026 | Opinión | 0 Comentarios

La semana pasada terminé mi relato en el momento más difícil de explicar: aquel retiro espiritual donde, mientras oraban por mí, experimenté una manifestación extraña en mi cuerpo.

Durante años evité las películas de terror por miedosa. Desde niña había vivido situaciones que no lograba comprender y que me hicieron creer en realidades espirituales más serias de lo que solemos admitir. Por eso siempre me incomodó que estos temas se conviertan en entretenimiento. Pensaba que alguien debía hacer algo extraordinariamente malo para acabar como yo en ese momento: pactar con el mal, usar la ouija o involucrarse deliberadamente en prácticas oscuras, hechos completamente ajenos a la vida cotidiana.

Por eso lo que ocurrió me desconcertó tanto.

Con el tiempo aprendí que lo relacionado con lo demoníaco no es como lo muestran las películas. Sin ser teóloga, y con base en las enseñanzas que recibí en esos años, entendí que hay distintos niveles en que el mal puede afectar a una persona y que no todo se reduce a una posesión tal como la imaginamos. De hecho, descubrí algo todavía más impactante: lo verdaderamente peligroso no es cuándo el mal se manifiesta, sino cuando permanece oculto. Cuando alguien ve claramente las consecuencias del mal, suele buscar ayuda, cuestionarse y acercarse a Dios. En cambio, quien vive justificando lo que sabe que está mal, convencido de que todo está bien por considerarse “bueno”, puede pasar años sin percatarse de que se está alejando de Dios.

Esa experiencia, sin embargo, me obligó a enfrentar una realidad que había leído incontables veces en el Evangelio pero que nunca había tomado del todo en serio: Jesucristo hablaba de espíritus inmundos como algo real.

Por extraño que parezca, descubrir que había algo espiritual en mi vida terminó siendo una señal de que avanzaba por el camino correcto. Había empezado a renunciar a ciertos apegos, a entregarle a Dios cosas que durante años quise controlar yo misma, y aquello que se manifestó en la oración parecía resistirse precisamente a eso: a que yo iniciara una vida más profunda con Dios.

Al salir del retiro llamé a un sacerdote que mi familia conocía desde hacía años. Yo ya asistía a misas donde hacían oraciones de liberación. Había visto al padre orar por muchas personas y también había recibido la imposición de manos en otras ocasiones sin que pasara nada fuera de lo común. Por eso todo aquello me desconcertaba tanto. Era como si de repente hubiera descubierto una realidad espiritual que siempre estuvo allí y de la que yo no sabía nada.

Se lo conté por teléfono. Escuchó con atención y me dijo que asistiera a las jornadas de oración que realizaban cada martes en la diócesis. Fui pensando que encontraría respuestas rápidas; ocurrió todo lo contrario. Pasaron dos semanas y no se veía nada diferente en mí, y agradezco profundamente que haya sido así, porque con el tiempo entendí que a Dios no le interesaba impresionarme; le interesaba convertirme.

La tercera semana sucedió algo que confirmó que el proceso apenas comenzaba. Durante la oración caí de nuevo al suelo y permanecí allí hasta el final de la jornada. Cuando desperté, uno de los servidores me hizo una invitación sencilla: volver en ocho días. Y regresé. Luego otra vez. Y otra vez. Así transcurrieron casi dos años.

Todo porque Dios sabía que lo que ocurría era mucho más profundo. Mientras yo quería que expulsara aquello que me hacía daño, Él me mostraba cuántas puertas tenía abiertas: el orgullo, la mentira, los resentimientos, consentir la tristeza, los apegos, la falta de confianza en Dios, pecados que justificaba por parecerme pequeños y actitudes que creía normales porque “todo el mundo las tenía”. Así, mientras yo buscaba una liberación, Dios me regalaba una conversión.

Semana tras semana aprendí algo que transformó mi visión de la vida espiritual: el enemigo no necesita llamar la atención cuando ya tiene un lugar cómodo dentro de nuestra vida. Por eso el problema más grave no es cuando el mal se manifiesta, sino cuando convivimos con él sin reconocerlo, cuando justificamos todo por el sentir o el querer y cuando llamamos bien a lo que Dios llama mal.

La medicina que recibí en esos años no fue tan extraordinaria como imaginaba. Simplemente me dijeron: confesión, Eucaristía, Rosario y consagración a la Virgen María, y volver a empezar cada vez que caía. Porque caía, muchas veces, y volvía a confesarme, hasta comprender que Dios no se cansaba de levantarme.

Poco a poco mi vida empezó a cambiar, no porque me hubiera convertido en una persona perfecta, sino porque por primera vez aprendía a soltar y a permitir que Dios ocupara el lugar que siempre le había pertenecido.

Mónica Johana Pérez López

Mónica Johana Pérez López

Soy abogada y durante años escribí sobre política y derecho. Luego me fui: cerré mis redes y guardé mis opiniones. En ese silencio me encontré con Dios de una forma real, concreta e incomoda; no como idea, sino como una presencia que atraviesa la vida y la pone en cuestión. Soy Católica y hoy vivo una experiencia misionera, sin dejar de ser abogada. Sigo creyendo en la razón y la justicia, pero escribo desde un lugar donde la fe ya no es un tema aparte, sino un punto de partida. No escribo para convencer. Escribo porque lo que encontré ya no se puede callar... y quizá alguien que no lo buscaba terminé encontrándolo.

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